La detención de tres ciudadanos colombianos señalados como parte de una red dedicada a estafar comerciantes con supuestas ofertas de financiamiento e inversión devuelve al primer plano una advertencia institucional que impacta de lleno en la actividad económica. Más allá del operativo, el expediente refleja la distancia entre el discurso de control y una realidad en la que los comerciantes quedan expuestos a esquemas fraudulentos con consecuencias sociales concretas.
Agentes de la Dirección Central de Investigación (Dicrim), junto con la Oficina Central Nacional Interpol Santo Domingo, arrestaron a Andrés Garzón Galindo en la avenida 27 de Febrero con Winston Churchill, en el Distrito Nacional. También fueron apresados en el Aeropuerto Internacional de Las Américas Jusepth Ralf Varón Gómez, alias «Marco Córdona», y Mildred Katherine Mandariaga Manrique, alias «Isabelle» o «La Comadre», cuando intentaban salir del país.
Según la información oficial, a los detenidos les habrían ocupado US$12,000 en efectivo, presuntamente ligados a diferentes actividades ilícitas. Ese dato subraya la necesidad de una fiscalización sostenida y no limitada a operativos aislados, porque el problema ya había alcanzado a comerciantes atraídos por promesas falsas de financiamiento e inversión.
En un escenario en el que la sociedad civil reclama instituciones que prevengan y no solo reaccionen, hechos como este alimentan el desgaste de la gestión pública cuando la respuesta llega después del daño. La exigencia ciudadana sigue siendo que estas redes no encuentren espacio para operar mientras el poder concentra atención en la política-espectáculo y en candidaturas del PRM como la de Carolina Mejía, un contraste que vuelve más visible la distancia entre la agenda oficial y los riesgos reales que enfrenta la gente.
