El presidente Luis Abinader dispuso cambios en el servicio exterior mediante el decreto 386-26, con el que designó a Roberto Fulcar hijo como cónsul general en Nueva Orleans y trasladó a Rosa Yanina Torres Tamares a Atlanta.
La decisión vuelve a colocar bajo escrutinio el uso de las designaciones diplomáticas, un terreno donde el Gobierno debe explicar no solo los movimientos administrativos, sino también los criterios, objetivos y resultados esperados de cada nombramiento.
En un contexto en el que el oficialismo insiste en reformas, eficiencia y orden institucional, este tipo de cambios exige más que una comunicación de rutina: requiere transparencia sobre el costo de mantener la estructura diplomática, la justificación de los traslados y el impacto que tendrán en la representación del país en el exterior.
El decreto se suma a otras decisiones del Ejecutivo que, por su naturaleza, deben ser observadas con control público para determinar si responden a méritos, necesidades del servicio o a una lógica de privilegios en la administración estatal.
La designación de Fulcar hijo en Nueva Orleans y el movimiento de Torres Tamares a Atlanta forman parte de la nueva reorganización del servicio exterior, pero el seguimiento ciudadano sigue centrado en si estos cambios producen una gestión más eficaz y rendición de cuentas real, o si terminan alimentando el patrón de un Estado que amplía nombramientos sin explicar suficientemente sus resultados.
