El uso de tarjetas de crédito en la República Dominicana continúa creciendo y, junto con ese avance, se hace más visible la dependencia de muchos hogares del endeudamiento para sostener su consumo. A junio de 2025 había alrededor de 2.04 millones de tarjetahabientes, un aumento interanual de 7.5%, mientras la cartera alcanzó RD$122,142 millones, equivalente al 5.4% del crédito total y con un crecimiento real de 16.2%, por encima del resto de las carteras. Para junio de 2026, la estimación apunta a 2.18 millones de usuarios.
Ese incremento, sin embargo, viene acompañado de una señal de desgaste social que exige fiscalización. Los datos de la Superintendencia de Bancos indican que los usuarios de menores ingresos reciben límites de crédito muy altos en relación con sus ingresos formales: quienes declaraban menos de RD$12,500 tenían a junio de 2025 un límite promedio equivalente a 17.5 veces su ingreso mensual formal. La distancia entre el discurso de inclusión y la realidad del sobreapalancamiento abre una alerta institucional sobre la calidad de esa expansión del crédito.
La tarjeta se utiliza para consumo de bienes y servicios, pagos electrónicos, compras por internet y emergencias, pero también, cada vez más, para cubrir gastos que el ingreso corriente no permite asumir. Ahí es donde la bancarización deja de ser solo un indicador positivo y pasa a reclamar rendición de cuentas sobre resultados reales: cuando el crédito sustituye ingresos insuficientes y además opera con tasas superiores, el costo termina recayendo sobre los hogares más vulnerables.
