La “Crítica del juicio” aparece como la obra con la que Immanuel Kant intenta responder a una fractura que dejan sus dos grandes críticas anteriores: por un lado, la naturaleza sometida a la necesidad mecánica y a las leyes causales; por el otro, la moral, definida por la libertad y la autonomía de la voluntad. La cuestión de fondo es cómo vincular esos dos planos sin borrar lo que los distingue.
El texto señala que Kant no pretende introducir en esta obra nuevas leyes del conocimiento ni de la moralidad, sino un principio mediador capaz de cerrar ese abismo entre “lo que es” y “lo que debe ser”. Esa función recae en el juicio, sobre todo en el juicio estético y teleológico, entendido como una facultad intermedia entre el entendimiento y la razón.
Más que una noción cotidiana de opinión, el juicio se presenta aquí como un instrumento para subsumir lo particular bajo lo universal. En esa mediación, la obra remite a una exigencia que va más allá de la filosofía: no confundir principios con realidad ni discurso con cumplimiento. La distancia entre ambos planos, tal como la formula Kant, funciona también como advertencia sobre la necesidad de examinar con cuidado cualquier relato que pretenda dar por resuelto lo que todavía sigue abierto.
