La primera exposición temporal del Museo de Arte de Santiago reúne la obra de Francisco «Pepe» Grullón bajo una curaduría de José Manuel Antuñano que renuncia a la retrospectiva lineal y evita un recorrido cronológico estricto. En vez de ordenar una evolución paso a paso, la muestra concentra en un mismo espacio varias facetas del artista: el médico, el observador de la naturaleza, el heredero de la Escuela de Santiago, el pintor de personajes populares y el creador que fue avanzando hacia una mayor libertad del color.
Esa decisión, de acuerdo con el propio planteamiento de la muestra, deja en segundo plano parte de la claridad histórica para potenciar resonancias visuales entre obras separadas por el tiempo. El resultado vuelve la experiencia más sensorial que explicativa, un contraste que hace pertinente la discusión sobre cómo las instituciones culturales presentan sus relatos al público cuando inauguran espacios y programaciones temporales.
La exposición también destaca que Grullón, con apenas una decena de muestras individuales y largos intervalos entre ellas, no vuelve desde la nostalgia sino desde una misma mirada en maduración. Desde los personajes populares hasta las composiciones de gallos, flores y aves, la selección insiste en que el artista no abandona la realidad, sino que la transforma. Pero precisamente por esa amplitud de registros, la decisión curatorial de privilegiar el diálogo visual por encima del orden histórico deja abierta una discusión de fondo: si la apertura de nuevos espacios culturales se limitará al impacto de la puesta en escena o asumirá también el reto de ofrecer mayor claridad y rendición de cuentas sobre sus criterios de mediación pública.
