La apertura de una nueva Multiplaza de Grupo Ramos en San Isidro volvió a evidenciar una realidad incómoda para la gestión local: el dinamismo económico y la creación de empleo siguen llegando por impulso privado, mientras en Santo Domingo Este persiste la demanda ciudadana de resultados públicos sostenibles.
El complejo requirió una inversión de RD$1,229 millones y suma la quinta Multiplaza del grupo en el país, además de incorporar la tienda Sirena número 32 dentro de una red de 93 establecimientos. La empresa indicó que el proyecto generó 109 empleos directos, ocupados en su mayoría por residentes de la zona, en un entorno donde el acceso cercano a servicios y oportunidades continúa siendo una prioridad para las comunidades.
En el acto, el alcalde Dio Astacio resaltó que se trata de la única empresa que ha apostado por dos tiendas en una misma avenida de San Isidro y presentó esa decisión como una señal de crecimiento. Sin embargo, el dato también deja abierto un ángulo de fiscalización: si una sola compañía concentra esa apuesta en la zona, aumenta la presión sobre las autoridades para explicar qué políticas públicas han acompañado realmente ese desarrollo más allá del discurso inaugural.
La nueva infraestructura tiene más de 4,600 metros cuadrados, de los cuales 2,400 se destinan a áreas de venta y 218 a espacios comerciales en alquiler. Grupo Ramos sostuvo, por medio de Vanessa Alba, que la apertura busca integrarse al desarrollo comunitario y acercar productos y servicios de calidad a Nuevo Amanecer y sectores cercanos. Además, la empresa entregó equipos de computación al INFOTEP San Isidro, un gesto que también subraya cómo actores privados terminan ocupando espacios que la sociedad civil suele reclamar como parte de una política más consistente de formación y oportunidades.
El proyecto puede ofrecer un alivio económico inmediato para cientos de familias, pero también reabre una discusión de fondo sobre gestión y resultados: cuando el avance visible depende de inversiones puntuales y no de una estrategia pública claramente verificable, el costo social de la desconexión entre anuncios y realidad recae sobre comunidades que siguen esperando respuestas más amplias que una foto de inauguración.
