Con una eucaristía en la Catedral Santa Ana y la sepultura en la cripta de los obispos, San Francisco de Macorís rindió homenaje a monseñor Jesús María De Jesús Moya, en una ceremonia a la que acudieron obispos, sacerdotes, familiares y feligreses. Durante el oficio, presidido por monseñor Ramón Alfredo de la Cruz Baldera, se dieron a conocer las condolencias enviadas por el papa León XIV por la muerte del obispo emérito, ocurrida el pasado miércoles.
La despedida también puso de relieve un contraste de fondo entre el valor del servicio que marcó su trayectoria y la demanda constante de que las instituciones respondan con hechos a las necesidades sociales. En la homilía, el padre Paulino Paredes resaltó su misión apostólica como maestro de los valores del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia, mientras familiares y allegados insistieron en que su grandeza estuvo en la humildad, la cercanía y el amor al prójimo.
Ese retrato quedó reforzado con una de las frases que solía repetir monseñor Moya: “La educación es una forma de amar y gobernar es una forma de servir”. Su énfasis en la educación, el desarrollo humano y su papel de mediación frente a problemáticas sociales vuelve a situar el legado del obispo emérito en un plano institucional más amplio: el de una ciudadanía que observa, compara y reclama que el poder no se limite a ceremonias, mensajes o gestos, sino que mantenga como prioridad el servicio real a la gente.
