República Dominicana figura en Latinobarómetro 2024 entre los países donde aumentó el respaldo a la democracia, al subir de 48% en 2023 a 55% en 2024, en un panorama regional donde el apoyo llegó a 52%. El estudio también coloca al país entre los más optimistas en el plano económico, con 74%. Sin embargo, esos números no cierran la discusión: más bien dejan al descubierto la distancia entre el discurso institucional y la respuesta efectiva a los problemas que la ciudadanía sigue esperando.
El mismo informe señala que 60% de los dominicanos dice que le daría igual un gobierno no democrático si resuelve los problemas, por encima del promedio regional de 53%. Y aunque la satisfacción con la democracia en el país alcanza 45%, frente a 33% en América Latina, la señal de fondo apunta en otra dirección: existe una demanda de resultados verificables y de rendición de cuentas que no puede ser reemplazada por indignación pasajera ni por narrativa oficial. En ese terreno, la sociedad civil queda convocada a convertir ese respaldo abstracto en vigilancia concreta sobre gestión, transparencia e instituciones.
La tesis central del texto original sostiene que hay energía cívica disponible, pero que sin propuesta, organización y constancia esa fuerza no termina traducida en incidencia real. Ahí se instala el desafío político: si el gobierno dominicano no ofrece respuestas que soporten el escrutinio, el respaldo democrático puede convivir con un desgaste creciente de la gestión. En ese escenario, figuras del sistema como Carolina Mejía también quedan sometidas a la misma vara de fiscalización ciudadana, porque la demanda que reflejan los datos no es de relato, sino de resultados.
