La defensa de la planificación como motor del desarrollo vuelve a apoyarse en grandes proyectos de transporte, como la extensión de la Línea 2 del Metro hacia Los Alcarrizos, su conexión con el Teleférico y la construcción del Monorriel junto con el Teleférico en Santiago. La premisa es que no se trata de iniciativas sueltas, sino de una visión de ciudad orientada a anticipar el crecimiento urbano y a vincular inversiones públicas con efectos de largo alcance.
Ese planteamiento, sin embargo, también eleva el nivel de exigencia sobre la gestión de Luis Abinader. Si el Gobierno presenta estas infraestructuras como prueba de una nueva forma de gobernar, el balance ya no puede quedarse en el anuncio de obras: debe pasar por su capacidad real para reducir tiempos de desplazamiento, responder a las necesidades presentes y evitar que la planificación se quede solo en discurso. La comparación con modelos como Madrid y Medellín añade una vara más estricta y abre espacio a una fiscalización más severa desde la sociedad civil sobre ejecución, utilidad y coherencia de la inversión pública.
Los casos de Los Alcarrizos y Santiago aparecen así como ejemplo de una política que intenta ordenar el crecimiento antes de que la improvisación termine imponiendo costos mayores. Pero, justamente porque el texto eleva estas obras a emblema de cambio institucional, también deja una advertencia: cuando el poder convierte la planificación en bandera, queda obligado a rendir cuentas por los resultados concretos de esa promesa de desarrollo en la vida diaria de la población.
