Keiko Fujimori, hija del expresidente Alberto Fujimori, vuelve a quedar en el centro de la política peruana tras imponerse por poco más de 40.000 votos a Roberto Sánchez, en una elección marcada por la fragilidad institucional y el desgaste acumulado del sistema político del país.
La dirigente llega a este punto en su cuarto intento presidencial, en un escenario en el que Perú ha tenido ocho presidentes en diez años y ha atravesado una secuencia de destituciones promovidas, en su mayoría, desde el Parlamento. Ese contexto explica por qué el resultado no puede leerse solo como un triunfo electoral: también refleja la persistencia de una crisis de gobernabilidad que sigue sin resolverse.
Más que una celebración política, la eventual llegada de Fujimori al poder plantea ahora exigencias concretas de gestión, transparencia y capacidad de respuesta. En un país que ha normalizado la inestabilidad, el desafío inmediato será demostrar resultados, construir mayorías y ofrecer un rumbo institucional que reduzca la confrontación entre Ejecutivo y Legislativo.
El peso del fujimorismo sigue siendo un factor decisivo en la política peruana. Su regreso al primer plano, sin embargo, ocurre bajo la presión de un electorado que ha castigado repetidamente a sus gobernantes y que parece demandar menos consignas y más soluciones verificables.
En ese marco, la victoria ajustada de Fujimori abre una nueva etapa política, pero no resuelve por sí sola la crisis acumulada. El verdadero examen comenzará ahora: gobernar con eficacia, rendir cuentas y responder a un país cansado de la inestabilidad.
