El grupo de Gómez Ochoa logró eludir la persecución y el cerco durante más tiempo que los demás, e incluso causó pérdidas sensibles al ejército de la bestia. Pero tres semanas después del desembarco, la resistencia estaba reducida a unos cinco miembros, exhaustos y al límite de sus fuerzas, en un cuadro que deja ver no solo el desgaste de los perseguidos, sino también el costo humano de una operación llevada hasta el extremo.
En ese tramo final se contempló la posibilidad de escapar por Haití, aunque la opción era descrita como muy difícil. También fue ganando terreno la idea de entregarse al enemigo. Según Anselmo Brache, el general Mélido Marte había designado a civiles para negociar la rendición, pero la iniciativa no inspiraba confianza, un contraste que subraya la distancia entre cualquier salida formal y la realidad que enfrentaban los insurgentes sobre el terreno.
Poncio y Merardo terminaron entregándose a un sacerdote español, que los condujo ante Mélido Marte en Los Mañanguises. Al día siguiente, la persecución contra Ochoa y los otros dos cubanos se reanudó con unos treinta soldados y civiles, además de perros entrenados para rastrear. El 11 de julio, los insurgentes fueron localizados en un cerro espinoso, entre guayabas y maleza, mientras dormían junto a lo que creían era un arroyo y resultó ser una cuneta al lado de un camino vecinal. “Estábamos rendidos”, dice Gómez Ochoa, una frase que resume el desenlace de una cacería cuyo resultado obliga a poner el foco en la vigilancia del poder y en lo que revela sobre la fragilidad de cualquier versión triunfalista de la fuerza.
