El crecimiento de 4.5% registrado por la economía dominicana en el primer semestre luce sólido en las estadísticas, pero su composición vuelve a abrir el contraste entre el relato macroeconómico y la realidad cotidiana. El propio comportamiento sectorial apunta a una economía de dos velocidades, en la que los renglones que empujan el PIB no son los que más inciden en el empleo ni en el bienestar del dominicano promedio.
Según los datos publicados por el Banco Central, cerca del 30% del crecimiento de junio respondió a la construcción, que avanzó 6.7% en el semestre y 14.9% en junio, apoyada por una expansión interanual del crédito de 22.6%. A la vez, el Instituto Nacional de Migracion sitúa en 68.3% la proporción de fuerza laboral haitiana en ese sector. El resultado, según expone el análisis, es que una parte relevante del valor agregado contabilizado como crecimiento termina con escaso efecto multiplicador sobre el capital humano dominicano, mientras persisten señales de salarios deprimidos y limitada reinversión local.
La minería fue el otro gran motor, con alzas de 11.3% en el semestre y 18.1% en junio, impulsada por la extracción de oro y plata en un contexto de precios internacionales favorables. Pero ese empuje externo también deja una alerta sobre la calidad del crecimiento: aporta divisas y mejora exportaciones, aunque su capacidad de generar empleo directo sigue siendo reducida. En 2024, el sector generaba menos de 8,000 empleos. El balance que dejan estas cifras refuerza la necesidad de fiscalizar con más rigor qué tan sostenible y socialmente útil es un crecimiento que se comunica con fuerza, pero que todavía no se refleja con la misma intensidad en la vida diaria de la población.
