Poner el conocimiento como motor del desarrollo dominicano vuelve a abrir una discusión que va más allá del discurso aspiracional. Aunque se han señalado avances en turismo, zonas francas, servicios y construcción, el país sigue ante el desafío de transformar ese crecimiento en bienestar colectivo sostenido. La premisa de fondo es directa: en el siglo XXI no alcanza con crecer; también hay que producir conocimiento, convertirlo en innovación y llevarlo a oportunidades reales para la población.
La diferencia entre crecimiento económico y desarrollo integral se hace más evidente cuando se insiste en un modelo que coloque en el centro a la educación, la ciencia, el arte, la cultura y la tecnología. La cita de Pedro Henríquez Ureña, Max Henríquez Ureña, Salomé Ureña y Ercilia Pepín refuerza una advertencia de largo alcance: desde hace décadas el país sabe que formar ciudadanos críticos, creativos y conscientes de su identidad es una base del progreso, pero esa prioridad continúa como una tarea pendiente.
La referencia a la inteligencia artificial también abre un frente de fiscalización pública. Si estas herramientas pueden impulsar la productividad, mejorar servicios, fortalecer la educación y generar nuevas oportunidades, la discusión deja de ser solo tecnológica y pasa a ser de gestión y resultados: formar profesionales capaces de utilizarlas sin reemplazar capacidades humanas requiere políticas consistentes y vigilancia de la sociedad civil, para que la modernización no quede en promesa ni en espectáculo, sino en capacidades reales para el Estado y la economía.
