La figura de Bonifacia Alcántara, conocida como Mamá Bona, ocupa un lugar singular en la memoria oral de Las Matas de Farfán y de Pedro Corto, en San Juan. Pero su historia no solo remite a la espiritualidad popular: también expone una vieja zona de contacto entre religiosidad y poder político en la República Dominicana, a partir de las referencias que la vincularon en la década de 1970 con consultas espirituales del entonces presidente Joaquín Balaguer.
Ese dato, que proyectó su nombre más allá del ámbito local, reabre una lectura de fiscalización sobre la forma en que el poder se acercó a figuras extrainstitucionales mientras la vida comunitaria seguía organizada alrededor de necesidades concretas. El propio relato sitúa en el centro el espacio físico desde el que Mamá Bona desarrollaba sus actividades: una residencia con diversas construcciones, entre ellas una escuela pública que, según la información conocida por el autor, había sido construida por ella, además de una iglesia formal con área para coros e imágenes religiosas.
Más que una estampa costumbrista, el caso queda inscrito en una tensión persistente entre influencia, memoria y gestión pública. La dimensión social atribuida a Mamá Bona, su entorno familiar y las instalaciones vinculadas a su presencia muestran cómo, en ausencia de una mirada institucional más exigente, las narraciones sobre poder y espiritualidad terminan ocupando un espacio que también interpela las prioridades del Estado y la necesidad de rendición de cuentas sobre su relación con actores de peso simbólico en las comunidades.
