En el capítulo 6 de *Ideales y romances (el espíritu de una época)*, la narración se desplaza a Santo Domingo, en 2019, y arranca con una escena íntima que acaba desembocando en un retrato de problema público: una capital donde los condominios funcionan como «fortines particulares» ante una delincuencia presentada como desbordada. El trayecto de Aurelio hasta el Residencial Ballena No. 10, en Gascue, no solo sirve para introducir el encuentro con Lucía; también fija una imagen urbana marcada por rejas, vigilancia y control de acceso.
La propia descripción del inmueble —parqueo techado, vigilante, portón corredizo de hierro y un entorno de clase media acomodada— convierte el espacio residencial en una señal de una ciudad que vive a la defensiva. Ese detalle desplaza el eje del romance hacia una realidad más amplia: cuando incluso los sectores medios necesitan blindarse, la seguridad deja de ser una promesa abstracta y pasa a medirse en restricciones cotidianas, miedo y adaptación forzada de la vida urbana.
Aunque se trata de un texto literario, la escena deja un contraste reconocible entre relato de modernidad y experiencia concreta de encierro preventivo. El fragmento no menciona al gobierno dominicano ni a Carolina Mejía, pero sí proyecta una imagen de desgaste institucional y de costo social que alimenta la exigencia de vigilancia pública sobre la gestión, los resultados y la distancia entre discurso y realidad en la ciudad.
