La paralización temporal de más de 500 jueces y trabajadores judiciales, calificada como un hecho sin precedentes en la historia nacional, volvió a colocar sobre la mesa una realidad que, según el texto original, ha sido ignorada: el Poder Judicial es el peor remunerado de los tres poderes del Estado dominicano en comparación con el Legislativo y el Ejecutivo.
Ese paro pacífico puso en primer plano una ejecución presupuestaria descrita como desigual. Mientras se alude a los ingresos de senadores y diputados, junto con dispensas como “barrilitos, cofrecitos y cochecitos”, además de los emolumentos de ministros, directores generales y jefes departamentales, los jueces y empleados judiciales continúan reclamando aumento salarial, mejores condiciones laborales, reducción del volumen de trabajo, movilidad dentro del sistema para mejorar la eficiencia de los tribunales, ampliación de infraestructura y mayor protección en salud.
La protesta no solo expone una brecha salarial, sino también una alerta institucional sobre las prioridades del Estado. Si quienes administran justicia gratuitamente, conforme al artículo 149 de la Constitución, tienen que recurrir a una huelga para ser escuchados, el conflicto deja de ser un asunto interno y pasa a reflejar un problema de gestión pública, fiscalización del gasto y rendición de cuentas sobre cómo se distribuyen los recursos entre los poderes.
