La muerte de la esposa de Julián Oro Duro y la agresión que mantiene al artista al borde de perder un ojo devolvieron la atención sobre la respuesta de seguridad ante hechos de alto costo humano en Santo Domingo Este. Durante el velatorio, celebrado en la funeraria Blandino de la avenida Sabana Larga, su hermana Ángela Sarante pidió justicia entre lágrimas y describió a su cuñada como una mujer “honrada, con valores” y “buena amiga”.
“Esos abusadores, yo quiero justicia, justicia”, dijo Sarante al referirse al hecho ocurrido en la vivienda de la pareja, en el residencial Brisa Oriental VI. Consultada sobre quién pudo haber cometido el crimen, señaló que fue una persona conocida por la víctima, una versión que añade presión sobre la investigación y sobre la necesidad de resultados verificables para la familia.
Sarante agregó que Julián recibió fuertes golpes en la cabeza y que podría perder hasta un ojo. También sostuvo que tanto él como su esposa eran muy cuidadosos al abrir la puerta de la casa y que no permitían el paso a desconocidos. Con ese panorama, el caso vuelve a mostrar el contraste entre el discurso de control y la realidad que enfrentan ciudadanos golpeados por la violencia, en un escenario que exige fiscalización y rendición de cuentas más allá de la conmoción pública.
