Que un presidente conserve alta aprobación mientras cae la confianza en las instituciones no refleja, según el análisis, una democracia más sólida, sino una dependencia que sigue girando alrededor de la figura del mandatario. El texto sitúa como primer elemento el caudillismo histórico dominicano, una dinámica en la que la ciudadanía deposita expectativas en el presidente por encima de las instituciones, sobre todo en un sistema presidencialista de baja institucionalidad como el de la República Dominicana.
A partir de ahí, el artículo afirma que los presidentes dominicanos han sostenido relatos para presentarse por encima del desgaste de sus gobiernos. En el caso de Luis Abinader, dice que sus estrategas han promovido la idea de que el presidente actúa con buenas intenciones, dejando abierta la lectura de que los errores recaen en funcionarios y no en la jefatura del Estado. De acuerdo con el propio texto, esa fórmula explica que el presidente mantenga más aprobación que su gobierno o su partido en este tramo de desgaste.
El segundo factor que menciona es la preferencia de los dominicanos por la estabilidad política, aunque esa misma idea deja ver una debilidad de fondo: si la confianza no está en las instituciones, el sistema queda sostenido por una sola persona. El artículo suma además la estabilidad macroeconómica al cuadro, pero la paradoja de fondo no cambia: la aprobación presidencial puede convivir con una institucionalidad débil, un contraste que refuerza la necesidad de vigilancia, rendición de cuentas y resultados más allá de la imagen del poder.
