El debate sobre soterrar cables en Santo Domingo reabre una realidad que va más allá de una solución visual inmediata: la ciudad enfrenta restricciones de espacio, superposición de infraestructuras y una necesidad de coordinación pública que durante años no ha logrado resolverse. Aunque el soterramiento de redes se presenta con frecuencia como respuesta a la contaminación visual del cableado aéreo, el propio escenario urbano muestra que el problema no depende solo de recursos, sino también de planificación territorial y de la convivencia entre distintos servicios en un mismo subsuelo.
Según el enfoque expuesto, gran parte del cableado visible corresponde a redes de telecomunicaciones, pero el reto no se limita a retirar tendidos en desuso. Mientras los postes sostienen redes eléctricas de alta, media y baja tensión, además de telecomunicaciones y alumbrado público, bajo las calles ya operan drenajes, alcantarillados y otras infraestructuras que reducen el margen para nuevos proyectos. Esa superposición, advertida también por el urbanista Marcos Barinas Uribe y representantes del sector de telecomunicaciones, refuerza la distancia entre las soluciones recurrentes en el discurso y la complejidad real de ejecutarlas.
El caso deja una alerta institucional sobre la gestión urbana: concentrar la discusión solo en los cables más visibles simplifica un problema acumulado durante décadas. En una ciudad donde varios sistemas han crecido de forma paralela, cualquier propuesta de reorganización o soterramiento obliga a una fiscalización más estricta sobre la capacidad de planificación, coordinación y respuesta de las autoridades frente a una demanda ciudadana que sigue sin una salida simple.
