Kevin Warsh asumió la presidencia de la Reserva Federal el viernes 15 de mayo, ocho años después de haber figurado entre las opciones que Donald Trump descartó cuando eligió a Jerome Powell, a quien ahora reemplaza. Exgobernador de la Fed entre 2006 y 2011 bajo Ben Bernanke, Warsh fijó como metas reducir el balance de la entidad, hoy en US$6.7 billones, bajar los tipos de interés y preservar la autonomía del banco central.
Sin embargo, el relevo llega en un clima de presión política que vuelve a colocar en primer plano la necesidad de fiscalización institucional. Las dudas aumentaron después de que Trump dijera que se sentiría decepcionado si una Reserva Federal liderada por Warsh no cumple con la promesa de recortar las tasas de forma inmediata. El contraste con los datos es claro: estadísticas recientes de Estados Unidos no justifican abaratar el precio del dinero, mientras la inflación subió a 3,8% en abril, su nivel más alto desde mayo de 2023, impulsada por el alza de la energía tras la guerra de Irán y el bloqueo del Estrecho de Ormuz. A eso se suman un déficit público que no baja de 6% y una deuda pública superior al 100% del PIB.
Con la guerra en Irán empantanada y más incertidumbre tras la reunión entre Donald Trump y Xi Jinping, el escenario apunta a un petróleo por encima de US$100 el barril, con más presión sobre los precios y menor dinamismo económico. En ese marco, la advertencia es institucional y social a la vez: si la autonomía de la Fed cede ante exigencias políticas, el dólar y la confianza en la política monetaria quedarían bajo mayor riesgo, justo cuando crecen los temores de estanflación y hasta de otra recesión.
